viernes, 22 de septiembre de 2017

Esta luz


A Julia Padilla Conejo
(Imagen de Álvaro García-Rojo Padilla)

(José Luis Pérez Fuente y Luis Riomoros García (ed.). Cantos para el viento. Recreación de diez poetas para el siglo XX. Madrid, Poesía eres tú, 2017) ("Esta luz, I", 20 de febrero de 2007; En esta luz nosotros, Madrid, Tigres de Papel, 2014)

jueves, 21 de septiembre de 2017

Toco tu boca


A Pilar

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

(Julio Cortázar. Rayuela. Buenos Aires, Editorial Sudoaméricana, 1963)

martes, 29 de agosto de 2017

Cuentos (II)


Bernard se ha ido –dijo Neville--, sin billete. Se nos ha escapado, haciendo frases, diciendo adiós con la mano. Ha hablado con tanta facilidad con el criador de caballos, con el fontanero, como con nosotros. El fontanero lo ha aceptado con devoción. “Si tuviera un hijo así –pensaba--, lo mandaría a estudiar a Oxford”. Pero ¿qué sentía Bernard por el fontanero? ¿No era sólo un deseo de seguir contando la historia que nunca deja de contarse a sí mismo? Comenzó cuando hacía bolitas con la miga del pan en su infancia. Una bolita era el hombre; otra, una mujer. Somos bolitas todos. Somos todos frases en el cuento de Bernard, cosas que apunta en el cuaderno, bajo la A o la B. relata nuestro cuento con extraordinaria sensibilidad, excepto respecto de lo que más nos importa. Porque no nos necesita. Nunca está a merced nuestra. Ahí está, moviendo la mano en el andén. Se ha ido el tren. Ha perdido el enlace. Ha perdido el billete. Pero nada de eso importa. Hablará con la camarera acerca del destino de la humanidad. Salimos, ya nos ha olvidado, salimos de su ángulo de visión, seguimos, con sensaciones que se demoran, medio amargas, medio dulces, porque, en cierta forma, es como para tenerle pena, enfrentándose con el mundo con frases medio acabadas, habiendo perdido el billete: también es digno de ser amado.

(Virginia Woolf. Las olas. Traducción de Dámaso López. Edición de María Lozano. Madrid, Cátedra, col. Letras Universales, 209, 1994)